César Alcalá

Desde el 1060 en Cataluña existían los malos usos. Los llevaban a cabo los señores feudales contra los campesinos. Estos eran la intestia, la exorchia, la cugucia, la arsia, la firma de spolii y la remensa. Para salvaguardarse de los malos usos se levantaron los remensas en armas dos veces. La primera guerra remensa se produjo del 1462 al 1472. La segunda del 1484 al 1485. El líder de los remensas fue Francesc de Verntallat. El final de las guerras quedó sellada en la Sentencia Arbitral de Guadalupe de 1486, firmada por Fernando el Católico y los representantes remensas. Como escribió Antoni Rovira i Virgili “la redención de los remenses es uno de los hechos más trascendentales de la historia de Cataluña, que influyó en su prosperidad posterior. Cataluña fue el único país de la Península que tuvo una clase rural con arraigo en la gleba, un campesinado rico, libre y culto”.

Esta división territorial no terminó en el 1486. Algunos de aquellos campesinos ricos, libres y cultos consiguieron ennoblecerse y pasar a formar parte del feudalismo contra el que sus antecesores lucharon. Y esta división territorial en Cataluña ha durado hasta nuestros días. La sociedad siempre ha estado dividida entre catalanes feudales y catalanes campesinos o humildes. Los primeros llevan generaciones en su cargo, los segundos ya no salieron la primera vez y han conservado esa atribución de humildad. Luego tendríamos un tercer sector formado por la inmigración. La primera generación fue humilde, la segunda tuvo algún miembro dentro del feudalismo y la tercera ha quedado integrada dentro de la las dos clases sociales. Ahora bien, son feudales de segunda por todos aquellos que los son desde antes del 1486.

Y no es cuestión de apellidos. El invento del racista Sabino de Arana no lo podemos aplicar aquí. Escribía Arana que “Si los apellidos son euskéricos, el que los lleva es vasco; pero si no son euskéricos, el que los lleva no es vasco”. En Cataluña muchos con 8 o 16 apellidos catalanes han formado parte del feudalismo que hablábamos, pero muchos más han sido catalanes humildes. No ha sido una condición de apellidos sino de clase. Se han aceptado apellidos castellanos o extranjeros por el simple hacho de la posición social que eso les daba.

Con lo cual, como en la época de los remensas, en Cataluña siempre ha habido catalanes de primera y muchos más de segunda. La inmensa mayoría de los catalanes que denominamos feudales o burgueses forman parte de una casta. Siempre han vivido del cuento y no han permitido que sus cachorros no lo hicieran. Se han protegido entre ellos y han llegado hasta donde han podido. Siempre, para llegar lejos, hay una línea o barrera que es la inteligencia. De ella dependen muchas cosas. Más o menos inteligentes han salido adelante y no han tenido problemas para llegar a final de mes. Por el contrario todos aquellos catalanes, con ocho apellidos y más, que son de segunda clase, han sufrido constantemente para llegar a final de mes. Estos siempre han sido los remensas de un feudalismo rancio y arcaico.

Y es que la actual Cataluña no se divide en independentistas y constitucionalistas. Todos aquellos que apoyan soluciones intermedias o alejadas de ciertos conceptos políticos -caso de Tabarnia- no se dan cuenta que todos estos se ríen de estas iniciativas. Y no porque no sean dignas de tener en cuenta. Sino porque ellos no le han dado el visto bueno. ¿Qué quiero decir?

Algo tan sencillo como lo siguiente. Estos feudalistas fueron monárquicos, se convirtieron en austricistas, se hicieron borbónicos, abrazaron la I República, vitorearon a Alfonso XII, volvieron a hacer republicanos, dieron la bienvenida a Franco, volvieron a la monarquía y ahora son independentistas. Y si mañana se ha de ser tabarnés, lo serán. Estos personajes se mueven, siempre se han movido a favor del poder, no de las ideas. Actualmente les importa muy poco la independencia. Eso sí, la apoyan porque se pueden beneficiar de ella y se encuentra en las esferas del poder. Cuando esta decaiga, pues se harán de lo que sea con tal de conservar el poder. Y sin ningún tipo de escrúpulo. Lo han hecho siempre y son profesionales.

Así pues, esta es la visión que se ha de tener sobre el llamado catalanismo político. Una forma de actuar que podemos remontarla al 1060 y que no ha evolucionado. Los de siempre siguen ahí y los de segunda clase continúan con su función de enriquecer a los primeros. Todo un sistema muy bien organizado de castas, en las que sólo importa el poder.

César Alcalá