
Nadie pensaba que mi amigo Salvador Illa se iba a convertir en la chupa del dominé del actual duelo y temor nacional, en la encarnación de una pesadilla que el próximo año las murgas canarias y las chirigotas gaditanas se mofarán, cuando la tormenta haya pasado.
El ministro de Sanidad baila con la peor pareja de vida: tiene la muerte en un siniestro vis a vis.
Mariano Rajoy está agradecido de que el efebo Pedro Sánchez le haya sustituido en el Palacio de la Moncloa, y se divierte pasando del confinamiento por prescripción facultativa porque la salud es lo primero para don Tancredo. Le caerá una sanción de más de seiscientos euros pero al pontevedrés Registrador de la Propiedad le importa un carajo, como buen gallego…
Toda la oposición crítica a Salvador Illa por no haber sido médico o gerente de una gran empresa como si haber sido un profesor de filosofía fuera un demérito. No lo veo así porque los filósofos son las mejores mentes del conocimiento.
El ministro es una persona inteligente como me explicó su tutor Germán Cequier…
A finales de los 50, la dictadura cambió la política económica de la autarquía que produjo el hambre nacional por una política nacionalista de un ‘Patria o muerte’. Que tanto sirve a un comunista como Fidel Castro como al Caudillo, por la gracia de Dios…
Su nueva política económica consiguió el gobierno de los tecnócratas del Opus Dei, Estado e Iglesia (católica, apostólica y romana) en la tradicional España siempre han comido de la misma mano…
En los años 60 se produjo un cambio económico total que la convirtió en la novena potencia industrial del mundo con la irrupción de una clase media que fue el colchón mullido que posibilitó la llegada pacífica de la Constitución de 1978 que los principales socios de Pedro Sánchez y los independentistas sueñan con echar por los aires…
La política de Franco fue como la comunista china: la meritocracia.
Se eligió como ministros a los matrículas de Honor de ingeniería, arquitectura o Derecho todos, como los comunistas, fieles al Régimen.
Yo me fio del Ministro, porque lo conozco desde hace veinte dos años, y siempre ha hecho lo prometido.
¿Que se equivoca? Nadie conoce los secretos del Coronavirus.
Roberto Giménez

