
Con la actual pandemia que estamos sufriendo Europa y el resto del mundo se enfrentan a una crisis importante como la que vivimos durante la Segunda guerra Mundial. Esta crisis tendrá consecuencias sociales, políticas, económicas, personales y colectivas. También, en momentos duros como el actual, comprobamos con alegría de las iniciativas de solidaridad que surgen espontáneamente entre la gente. Ante la pasividad de ciertos gobierno y el distanciamiento social se han multiplicado los actos sociales y de benevolencia hacia los demás, sobre todo hacia nuestros mayores.
Se ha comparado esta pandemia con una guerra a nivel mundial. Las familias, amigos, conocidos están confinados en sus casas sin posibilidad de relacionarse con sus más cercanos, ahora no temen a los bombardeos, sino a un virus invisible. Para muchos, por no decir todos, es la primera vez que están viviendo una situación similar. Han pasado más de 100 años desde la mal llamada gripe española. Una pandemia que, entre 1918 a 1920, produjo unos 40 millones de muertos.
Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que los grandes asesinos de la historia han sido las bacterias y los virus. Por ejemplo, el sarampión, han acabado con la vida de más de 200 millones de personas. El VIH ha matado a más de 35 millones de personas. ¿Qué podemos decir del covid-19? Con respecto a las pandemias anteriores han existido en China o Asia y estas nunca salieron de esas fronteras. Ahora, como consecuencia de la globalización, el covid-19 se extendió en una semana a unos 40 países. Recordemos el SARS en el sudeste asiático, el ébola en África, el MERS en Oriente Medio y la gripe AH1N1. Todas ellas han puesto en jaque a la comunidad científica internacional.

La sociedad mundial se ha dado cuenta sobre su vulnerabilidad. El covid-19 ha golpeado el status quo de la sociedad. Las diferentes sociedades vivían en sus estructuras tranquilos. Su día a día podía ser mejor o peor, pero eran felices y consideraban que estaban seguros. Nadie podía, a excepción de una guerra, acabar con todo aquello. Y, de la noche a la mañana, aparece un virus invisible que ha vulnerado toda seguridad, ha roto equilibrios y provocan una crisis. La sociedad ahora se preocupa por la salud de sus familiares y amigos, por perder el trabajo y sus medios de subsistencia, y el impacto en su economía personal.
Las familias y la sociedad en general están discutiendo las estrategias específicas utilizadas para mitigar la infección por el covid-19 en su país y la compara con las estrategias utilizadas en otros países. También debaten cómo mejorar los enfoques actuales y la respuesta adecuada a la segunda ola del virus, si es que se repite en otoño. La sociedad demuestra confianza en sistemas de salud efectivo y en las medidas llevadas a cabo por las autoridades. Otros sufren el descontrol llevado a cabo por las autoridades locales y de salud, al reaccionar tardíamente y aplicando estrategias ineficientes.
Ahora bien, el tema que más preocupa a la sociedad -a parte de no infectarse y de curarse en el caso de haber enfermado por el covid-19- es cómo mantener o recuperar sus lugares de trabajo y el bienestar suyo y de su familia al final de la pandemia. Esta, como que no tenemos una certeza segura, puede ser dentro de unos meses, en otoño, o en 2021.
Actualmente las familias y parte de la sociedad están presenciando cambios fundamentales en libertad y principios democráticos. También son conocedores de las duras condiciones sanitarias que están viviendo muchos hospitales a nivel europeo o mundial. Evidentemente son conocedores de que la economía mundial se está tambaleando y que, de no tomar las medidas necesarias, miles de personas sufrirán duras restricciones y escaseces.
Esta pandemia nos debe enseñar a prevenir. Y más aún, que ha habido una movilización tardía, la falta de protección y el limitado equipamiento técnico existente en el sector sanitario. También que ninguna nación estaba preparada para reaccionar con eficacia contra una pandemia. Muchos se han dado cuenta que esto es la globalización. Para lo bueno y para lo y para lo malo, vivir en un mundo global significa esto.
Esta falta de libertad significa permanecer en sus localidades. Y no ahora por el confinamiento. Todos sabemos como empezó esta pandemia. De la noche a la mañana se precipitaron las cosas y se tomaron toda una serie de medidas que restringieron nuestras libertades para protegernos de la pandemia. Ahora bien, ¿cuándo se acabará todo esto? Y la pregunta clave es ¿cuándo volveremos a la normalidad? La economía a quedado reducida al mínimo. Paulatinamente se volverá a poner en marcha el motor. Ahora bien, la normalidad nadie es capaz de decir cuando llegará. Algunos países cerrarán las playas este verano. La vuelta la colegio y a las universidades se prevé para noviembre. Bares y restaurantes abrirán de los últimos. Lo mismo ocurrirá con aquellos espectáculos que reúnen cientos o miles de personas, como acontecimientos deportivos, conciertos, óperas, teatros… Una vez levantado el confinamiento se permitirá la salida de las casas, pero no los desplazamientos a otros pueblos, municipios o ciudades. Con los días se permitirán esos desplazamientos a los lugares más cercanos y, poco a poco, se irá ampliando la distancia. Con lo cual nos podemos olvidar, de momento, el turismo internacional. Como mucho el nacional o local. Si, como parece, el covid-19 se puede reproducir en otoño, las autoridades ya están prevenidas y tomaran las medidas adecuadas para que no volvamos a vivir lo que actualmente sufrimos.
El sector médico dice que hay muchas personas inmunes. O bien porque han pasado la enfermedad, o son asintomáticos -han generado inmunidad sin tener los síntomas-. Esto es cierto. Ahora bien, también es verdad que habrá una inmensa mayoría de la sociedad que estará expuesta a ese nuevo rebrote. En otoño -si se cumplen los pronósticos- pueden ser los nuevos contagiados. La tranquilidad social sólo llegará cuando los científicos consigan una vacuna para curar el covid-19. Esto, ¿cuándo sucederá? Algunos científicos confían que en pocos meses habrá una vacuna. Actualmente hay una frenética carrera por encontrarla, desarrollarla, tramitarla y, finalmente, ponerlo a disposición de la sociedad. Este es el reto que los científicos tienen por delante y, con ella el final de esta pandemia. El covid-19 quedará reducido sanitariamente y dejará de ser una pandemia.
El confinamiento forzoso y el distanciamiento social se ha de convertir en una oportunidad para que todos reflexionemos y se empiecen a aplicar nuevas metodologías y prioridades. Ahora sabemos lo importante que es tomar decisiones basadas en el conocimiento, mantener una disciplina adecuada y evitar difundir información no verificada. Los fake news han hecho y hacen mucho daño porque desinforman y perjudican la realidad. Quizás los gobiernos tendrán que plantearse, cuando termine todo esto, hacer ejercicios periódicos de gestión de crisis. Estas deben involucrar a todos los sectores sociales. Esto es, escuelas, universidades, organizaciones sociales civiles, centros de investigación, think tanks. Con ello conseguiremos dos efectos positivos. En primer lugar preparar a la sociedad ante una posible nueva pandemia. Y en segundo lugar, inmunizar a la sociedad contra el síndrome de las fake news. Es decir, cerrar la puerta a todas estas noticias nocivas y que ralentizan llegar a una solución con más libertad y rapidez.
Sobre las fake news no sólo estamos hablando de las personas que por aburrimiento o mala fe se dedican a falsear la realidad. Estas también las producen los países voluntariamente. Pongamos un ejemplo. Como resultado directo de las falsedades explicadas por el gobierno chino, la gente murió y las economías se derrumbaron. La información o desinformación suministrada por China ha empeorado la pandemia. Como escribe Gordon G. Chang:
“El subconteo de China ayudó a crear una falsa sensación de seguridad. Creo que cuando se miran los datos de China originalmente, y se dice, ‘Oh bueno, hay 80 millones de personas, o 20 millones de personas en Wuhan y 80 millones de personas más con el SARS que en este tipo de pandemia mundial’, dijo la Dra. Debora Birx, la coordinadora de coronavirus de la casa Blanca, el 31 de marzo en rueda de prensa diaria. Así que creo que la comunidad médica interpretó los datos chinos como, que esto era grave pero más pequeño de lo que nadie esperaba, porque creo que probablemente nos faltaba una cantidad significativa de los datos, ahora que cuando vemos lo que le pasó a Italia y vemos lo que le pasó a España”.
Podemos estar convencidos que funcionarios y técnicos de salud pública de otros países, convencidos que el brote de coronavirus no era peor que el SARS, reaccionaron de la misma manera que los Estados Unidos. Esta desinformación fue básica para que se extendiera la pandemia. Por consiguiente, lo ocurrido debe influir en los gobiernos mundiales para eliminar sus fakes informativos. Es muy difícil y sobre todo en países dictatoriales. Ahora bien, debemos ir hacia la veracidad de la información en beneficio de la humanidad.
Así pues, la sociedad mundial y más en la situación global que vivimos, necesitamos que se escuchen sus voces en temas fundamentales. Vivimos en un entorno común. Sólo tenemos que implementar un enfoque de salud común, que estamos obligados a compartir cada vez más intensamente en nuestro futuro común.
César Alcalá



