César Alcalá

En los últimos días se ha comparado a Puigdemont con William Wallace. Es decir, el héroe escoces que Mel Gibson inmortalizó en la película Braveheart. Otros el acto de Perpiñán lo han tildado de aquelarre. Varios han sido los adjetivos y diferentes las interpretaciones de lo ocurrido ahí. Un acto marcado por el beneplácito de pensar que estaban en Cataluña. Otra vuelta de tuerca a este sinsentido.

El acto de Perpiñán no dejó de ser un pulso al gobierno de España y a ERC. Tengamos en cuenta que las encuestas no les son propicias a Puigdemont y a los suyos. Están en caída libre. Esto significa que, de convocarse elecciones y ganarlas ERC, la estrella de Puigdemont se irá apagando. Para estos el expresident es un estorbo. Ellos ya tienes a su líder -Junqueras- y no quieren compartir su liderato con un político amortizado. Sera complicado que la Generalitat o alguna asociación civil siga pagando los costes de tenerlos a cuerpo de rey en Waterloo.

Esto lo sabe Puigdemont y los suyos. Y por mucho que amenacen con el anticipo electoral no lo harán. Torra dijo que convocaría elecciones, pero sin poner fecha. En estos momentos la antigua Convergència es la que domina el panorama político catalán al tener la presidencia de la Generalitat. Esta ventaja no la perderán por nada. Amenazarán, pero no convocarán. La antigua Convergència está condenada a quedarse sin poder en unas próximas elecciones. Es impensable que se repita la coalición. Con lo cual la subsistencia de los fugados está vinculada a los cargos que ostentan en la Eurocámara. Poca cosa más. Y ahí su visibilidad cada día es menor. Y lo seguirá siendo, pues no aportan ninguna novedad a la política Europea.

El acto de Perpiñán tuvo su éxito -si mover 100.000 personas puede considerarse éxito- por la novedad. Aún hay mucho mediatizado que alaba a Puigdemont y que decidieron hacer una excursión. Es como las salidas a Montserrat, Lourdes o Fátima. Esta vez a Perpiñán. Un viaje más incómodo que placentero, según me comentaron algunos de los asistentes. Controlados y resguardados en un recinto como los asistentes a un concierto. Carencias, todas. Dia de subsistencia y peregrinaje por una causa que, cada día lo es menos. Eso sí, que a nadie se le ocurra dentro de un tiempo repetir la aventura, pues se quedaran solos. De hacerlo y siendo muy generoso, si colocan a 25.000 será una victoria para la organización.

Perpiñán es el antídoto a la mesa de negociación. Una mesa que están todos y no hay nadie. A dos les interesa la mesa y el tercero está ahí para controlar. Al PSOE le interesa para mantener el mantra del diálogo. A ERC para demostrar que son un partido de estado. Ambos saben que de esa mesa no saldrá nada positivo. ¿A qué me refiero? Ni autodeterminación ni amnistía. Eso de ahí no saldrá, porque no puede salir. ERC lo sabe, pero debe hacer su papel. También le sirve a ERC para mantener a los suyos distraídos. Están eufóricos pensando que son la clave y que sin ellos nada funcionaría en una España que odian. Y uno se pregunta, ¿si lo odian por qué les importa que funciona bien o no? Mientras los tengan distraídos mantendrán su estatus. Dicho de otra manera, las encuestas les serán propicias. No puede perder la oportunidad de recuperar una Generalitat que perdieron en 1939 y que nunca han tenido tan cerca.

Y el del medio, la antigua Convergència, mirando la partida de pin-pon. Unos vendiendo diálogo y medidas ad hoc. Los otros poniendo sobre la mesa sus mantras. Y Puigdemont esperando la derrota final. Una perspectiva poco clarificadora para Cataluña. Porque todo esto sigue siendo una pérdida de tiempo. Cataluña está parada, va a ralentí desde hace muchos meses. Dialogar es bueno, pero actuar lo es más. Hay demasiadas carencias que están estrangulando la sociedad catalana. Mientras la antigua Convergència esté al frente de la Generalitat Cataluña está condenada a una parálisis que afectará el futuro económico y social catalán. Esta es la realidad que a la gente la importa. Y los que no lo ven tiene un problema de realidad social. ¡Así no va!

César Alcalá