De vez en cuando recuerdo
aquel perro “Calcetines”
que ante la muerte del amo
siete meses le esperó;
por si un día aparecía,
como por Gracia de Dios.
Fue el Lugo que el perro fiel
a su amo acompañó
y en el hospital de Calde,
sin remedio falleció;
mientras su perro aguardaba
al amo, que no volvió.
Pero fue inútil la espera
a su gran fidelidad,
y no hubo un Dios de los perros
que le pudiese explicar
que su amo, ya con Dios,
estaba en la eternidad.
La humanidad de los perros
es un ejemplo tan vivo,
que alguna vez he pensado
que de haber nacido perro
otro gallo le cantara,
a más de un desaprensivo.
Francisco Barbachano