Las formas de entretenimiento cambian, pero algunos juegos se resisten a desaparecer. Las cartas, el ajedrez, el dominó o el bingo han acompañado durante décadas reuniones familiares, sobremesas, asociaciones y encuentros entre amigos. En Catalunya, además, algunos juegos han adquirido un carácter especialmente local y han terminado formando parte de las costumbres de varias generaciones.

Lo curioso es que muchos de ellos han encontrado una segunda vida en las pantallas. No necesariamente han sido sustituidos por videojuegos completamente nuevos: en numerosos casos, lo que se ha digitalizado es precisamente aquello a lo que ya jugaban nuestros padres o abuelos.

Esta convivencia entre tradición y tecnología también se aprecia en el Vallès, donde el ocio presencial sigue teniendo un peso importante mientras móviles, ordenadores y otros dispositivos han ampliado las posibilidades disponibles para el tiempo libre.

Juegos que también forman parte de la cultura

Un juego puede parecer algo trivial, pero también puede decir bastante sobre el lugar y la época en los que se practica.

En Catalunya tenemos un buen ejemplo con la botifarra, uno de los juegos de cartas más característicos del territorio. Se juega habitualmente entre cuatro personas formando dos parejas y durante décadas ha ocupado mesas de bares, casales, sobremesas y reuniones familiares.

No es el único. Juegos como el cau robat, la escoba, el mentiroso o el burro forman parte, en mayor o menor medida, de ese repertorio de entretenimientos transmitidos entre generaciones. La propia Revista del Vallès ha repasado algunos de estos juegos y su relación con la cultura catalana.

Fuera de los naipes encontramos fenómenos similares. El dominó, el ajedrez, el parchís y otros juegos de mesa han sobrevivido a cambios sociales enormes sin modificar demasiado sus reglas fundamentales.

Y luego está el bingo.

El bingo, un juego que casi no necesita presentación

Pocos juegos resultan tan fáciles de reconocer.

Unos cartones contienen números, se extraen bolas de manera aleatoria y los participantes van marcando las coincidencias hasta completar las combinaciones establecidas. Su sencillez es precisamente una de las razones por las que el bingo ha logrado llegar a públicos y generaciones muy diferentes.

También posee una característica que lo diferencia de otros juegos de azar tradicionales. Una partida puede convertirse fácilmente en una actividad colectiva: todos esperan los mismos números y el ritmo viene marcado por cada nueva bola.

Por eso su historia no se limita a las salas comerciales. El bingo también ha aparecido durante décadas en fiestas, asociaciones, encuentros vecinales y actividades organizadas con finalidades muy diferentes. Incluso quien nunca ha acudido a una sala de bingo probablemente entiende sus reglas básicas.

La tecnología no ha eliminado ese reconocimiento. Simplemente ha trasladado la mecánica a otro soporte.

De las bolas y los cartones a la pantalla

Digitalizar un juego tradicional plantea una cuestión interesante: ¿cuánto puede cambiar antes de dejar de ser el mismo juego?

En el caso del bingo, la respuesta parece bastante clara. La presentación ha evolucionado considerablemente, pero su estructura básica continúa siendo reconocible.

En una pantalla ya no es imprescindible manipular físicamente las bolas ni marcar un cartón de papel. El software puede realizar el sorteo, mostrar los números y comprobar automáticamente las combinaciones. Además, existen distintas variantes en función de la cantidad de bolas, el formato de los cartones o las reglas de cada modalidad.

Sin embargo, debajo de toda esa tecnología continúa existiendo una idea sorprendentemente parecida a la tradicional: esperar que los números extraídos coincidan con los que aparecen en el cartón.

El ajedrez demuestra que lo digital no tiene por qué sustituir lo tradicional

El bingo está lejos de ser un caso aislado.

Probablemente, el ejemplo más evidente sea el ajedrez. Sus piezas siguen moviéndose exactamente como lo hacían mucho antes de que existiera Internet. La diferencia es que ahora dos jugadores pueden enfrentarse aunque estén separados por miles de kilómetros.

La pantalla ha eliminado la necesidad de compartir un tablero físico, pero no ha sustituido el juego.

Con las cartas ha sucedido algo parecido. Existen versiones digitales de prácticamente cualquier juego imaginable y las partidas pueden organizarse entre personas que ni siquiera se encuentran en el mismo país.

La transformación ha sido especialmente llamativa en aquellos entretenimientos cuyo componente social parecía depender precisamente de sentarse alrededor de una mesa.

Internet ha demostrado que parte de esa interacción también puede reproducirse a distancia.

Cuando el móvil se convierte en tablero, baraja y cartón

El cambio más profundo quizá no sea que los juegos se hayan digitalizado, sino el dispositivo desde el que accedemos a ellos.

Durante los primeros años de Internet, jugar desde casa significaba normalmente sentarse delante de un ordenador. El smartphone terminó con esa limitación.

Un mismo aparato puede convertirse en tablero de ajedrez, baraja de cartas, tablero de parchís o cartón con números en salas de bingo digital. Y puede hacerlo prácticamente en cualquier momento.

Este fenómeno forma parte de una transformación mucho más amplia de nuestros hábitos. El teléfono también ha sustituido, al menos parcialmente, a la cámara de fotos, el reproductor de música, el mapa, el periódico o la televisión. El ocio no ha quedado al margen de esa concentración de funciones.

En el Vallès, como en el resto de Catalunya, el entretenimiento digital convive hoy con actividades culturales, deportivas y sociales presenciales. Hemos asistido a cómo el streaming, los videojuegos, las redes sociales y otras formas de ocio digital se han incorporado a las rutinas cotidianas de la comarca.

No todos los juegos han dado el salto de la misma manera

La digitalización tampoco garantiza que cualquier entretenimiento tradicional vaya a funcionar en Internet.

Hay juegos cuyo atractivo depende especialmente del espacio físico, los gestos de los participantes o determinadas costumbres sociales difíciles de reproducir en una pantalla. Otros, en cambio, poseen reglas que pueden traducirse fácilmente a instrucciones informáticas.

El ajedrez es un caso extremo: cada movimiento posible está perfectamente definido. El bingo también resulta relativamente sencillo de trasladar porque sus elementos esenciales —cartones, números, extracciones y combinaciones— pueden representarse digitalmente.

Las cartas ocupan una posición intermedia. Las reglas son fáciles de programar, pero parte de la experiencia tradicional reside en conversar, interpretar al contrario o simplemente compartir mesa.

Por eso las versiones digitales no tienen por qué reemplazar a las físicas. Pueden convertirse simplemente en otra manera de practicar el mismo entretenimiento.

La nostalgia también tiene un lugar en Internet

Podría parecer paradójico que una industria obsesionada con las novedades tecnológicas siga recuperando juegos con décadas o incluso siglos de historia.

En realidad, tiene bastante sentido.

Lo conocido reduce la barrera de entrada. No necesitamos aprender desde cero qué es un tablero de ajedrez, una baraja o un cartón de bingo. Reconocemos inmediatamente esos elementos porque forman parte de una cultura compartida.

Algo parecido ocurre en otros ámbitos del entretenimiento. Regresan consolas antiguas, se reeditan videojuegos clásicos y aparecen versiones digitales de juegos de mesa que llevan generaciones en las estanterías.

La tecnología puede ser nueva mientras la idea que hay detrás es muy antigua.

¿Desaparecen los juegos de siempre o simplemente se transforman?

Cada generación incorpora sus propios entretenimientos, pero eso no significa necesariamente que los anteriores desaparezcan.

Algunos pierden popularidad. Otros sobreviven en ámbitos familiares o locales. Y unos cuantos encuentran un nuevo público cuando cambian de formato.

La botifarra continúa teniendo un vínculo difícil de separar de una mesa compartida y de la tradición catalana. El ajedrez funciona perfectamente con un tablero físico y, al mismo tiempo, reúne a jugadores a través de Internet. El bingo conserva una mecánica fácilmente reconocible aunque las bolas y los cartones se representen en una pantalla.

Quizá, por tanto, la verdadera transformación del ocio no consista en reemplazar lo antiguo por lo nuevo.

A veces consiste simplemente en encontrar una forma nueva de seguir jugando a lo de siempre.