En tan solo un instante
se borra cualquier falacia
que el actor que es fingidor
de comedias y de dramas,
vuelve en sí a la realidad
cuando el aplauso le aclama.
La comedia queda atrás
y atrás también queda el drama,
pues cuando baja el telón
se recupera la calma
y es música celestial
el sonido de las palmas.
No hay mayor premio en el mundo
que al actor más le halagara,
que el aplauso que culmina
el final de la velada;
cuando el telón, generoso,
lentamente sube y baja.
No hay situación más excelsa
ni gesto que más complazca
que, el público puesto en pie,
bata ardoroso sus palmas;
mientras la voz de algún ¡bravo!
a los artistas aclama.
Francisco Barbachano