Roberto Giménez

La viuda francesa del ex cura Joan Sala conmocionó a la pacata opinión pública de 1969. El padre Sala llevó a sus alumnos de la Escola Pública una semana de vacaciones de fin de curso a los Pirineos y cuando los estudiantes volvieron a casa explicaron a sus padres lo que habían visto de su profesor de gimnasia. Para unos adolescentes fue un espectáculo magnificado por sus padres.

 Corrió por la ciudad el hervor picante que el escolapio  había dejado embarazada a una francesa. Ya se sabe que la imaginación es calenturienta y en esos tiempos de censura más. La historia era  un cuento sicalíptico. Perdonen la palabreja que la primera vez que le leí me dejó perplejo, pero fui a la etimología de la palabra de origen griego y me destornille de risa porque el sustantivo es una simbiosis de dos conceptos muy descriptivos: el higo y la lubricación.

Aquel cálido verano del 69, hasta la cifra conjuga, Joan Sala se enamoró perdidamente de una mujer de su edad que había llevado a sus dos hijos adolescentes al mismo baile que el padre Sala a sus pupilos. Ella era viuda de un militar francés muerto en la guerra de Argelia. No se separaron desde aquella noche en el baile. Fue un enamoramiento súbito y compartido como el de las películas. Él le pidió la mano y ella aceptó, pero pasó el verano y la temperatura refrescó. No para el escolapio que vivía en el cielo, levitando en la tierra, sino que fue la familia gala que le hizo ver la realidad, el lio en que se iba a meter: para casarse él tenía que dejar la Escola Pía y ella perder la pensión vitalicia y la casa que era del Estado. El romance de aquel inolvidable verano, era un peligroso juego de la ruleta rusa. Tenía dos hijos y la experiencia le despejó las dudas que tenía cara al futuro: él iba a dejar los  hábitos. No es que tuviera una crisis de fe, sino que la tentación le había llamado a la puerta, pero no quería hacer daño a la Iglesia, y la había hacer por la experiencia vivida había sido tan angelical que quería volver a vivirla.

Un año después se casó en Santa María de Llerona en una ceremonia oficiada por su  amigo Joan Vallicrosa con otra mujer de Granollers…

PD. Ésta historia y cuarenta y tres más pueden leerla en el libro de CUENTOS Y LEYENDAS DE GRANOLLEIG en TYEP.NET de Roberto Giménez.