1 de octubre

septiembre 03 04:29 2018 Print This Article

César Alcalá

¿Alguien se ha preguntado el motivo por el cual ocurrieron los hechos del 1 de octubre? Recordemos que durante el mes de septiembre el gobierno independentista de Puigdemont había llevado a cabo una serie de actos de ataque frontal al Estado. Con declaraciones, con actos y con leyes de desconexión. Todos los protagonistas estaban alterados, sobredimensionando sus discursos. ¿Por qué?

El Estado no había hecho nada. Le estaban echando un pulso y parecía que ganaban. Eso en teoría. El gobierno se repetía en afirmar que el referéndum no se haría. Era como predicar en el desierto. Consideraban que no les pasaría nada. Ellos iban tirando. Cada día llenaban minutos y más minutos de propaganda. Ciertos medios de comunicación se encargaban de magnificarlo. Y parte de la población fue adoctrinada diciéndoles que el triunfo estaba al alcance de la mano. Todo esto hizo que se viviera un desenfreno social y político. Todo daba vueltas alrededor a que, en breve, Cataluña seria independiente.

Evidentemente todo aquello era ficticio. No pasaría porque es muy difícil ir en contra de un estado de derecho. Por mucho que ellos hablaran de democracia, de libertades, de valores, no tuvieron en cuenta que España es un país consolidado. Con sus cosas positivas y negativas, pero de derecho. Era de esperar que nada de todo lo dicho por Puigdemont y los suyos ocurriera, pero como que nadie les había llevado la contraria, se consideraban inmunes. Solo hay que ver las declaraciones de Puigdemont, Junqueras, Rovira, Romeva, Turull… estaban superados por un empacho de proclamas y manifestaciones.

Algunos piensan que el gobierno de Rajoy se equivoco. Que si el referéndum era ilegal, que no serviría para nada, lo mejor era dejarlo hacer. Permitirles la performance y al día siguiente volver a la normalidad. Otros consideran que el gobierno aquel día hizo muchos más independentistas. Que fue un error actuar de aquella manera. Que ellos mismos se cansarían de sus patrañas.

Error. Se tenía que actuar de aquella manera. Era la única forma de demostrarles que no conseguirían sus propósitos. La intervención de la policía estaba perfectamente controlada. Se tenía que atacar para demostrar que detrás había un estado y que nadie ni puede hacer su santa voluntad, ni se puede saltar la ley. Se aplicó el estado de derecho.

Aquella actuación del 1 de octubre reventó un pensamiento hasta ese momento superlativo. La intervención del estado no hizo más independentistas. Todo lo contrario. Hizo que muchos vieran la luz. Se dieran cuenta del fraude. Pues, a pesar de los fakes, el ataque fue contundente, extendido al territorio, pero de baja intensidad y duración. Dicho de otra manera, se cargó estratégicamente.

Se consiguieron dos cosas: poner en evidencia a los mossos y a sus dirigentes y desmovilizar a la sociedad y a los políticos. A partir de ese momento las cosas se complicaron. Ahora sabían que no les saldría gratis nada de lo que pudieran hacer. Luego vino la proclamación exprés de la república catalana, la patética intervención de Puigdemont presionado por los suyos, el 155, la prisión para algunos y la huida de otros.

En un mes se desmontó la gran mentira independentista. El procés quedó finiquitado. La actuación el 1 de octubre fue fundamental. Sin ella no hubiera habido 155, ni políticos encarcelados o huidos, ni una instrucción de un juicio que los condenara por querer romper un estado de derecho llamado España.

Si hacemos un paralelismo histórico, el 11 de septiembre -en realidad debería celebrarse el 12- se celebra una derrota. Esto es, en vez del archiduque Carlos tuvieron que comulgar con Felipe V. Nunca lucharon para mantener o conseguir una inexistente independencia. Pues bien, el 1 de octubre actual es su 11 de septiembre. A partir de ahora lo celebraran porque necesitaban un nuevo hito para magnificarlo, pues el 11 de septiembre ya no da más de sí. Celebraran una derrota. El desenlace lo conocemos: continuaron siendo españoles, el referéndum no sirvió para nada y todo continuó igual. Con el tiempo inventaran leyendas para mitificaran ese día, al estilo de Guifré el Vellós o el Timbaler del Bruch.

En definitiva, el movimiento independentista siempre ha necesitado momentos dramáticos -ficticios o no- para fortalecer su débil ego. En el fondo todo esto esconde, como escribió Josep Pla y Jaume Vicens Vives, un profundo sentimiento de inferioridad.

César Alcalá

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