La terquedad catalana

diciembre 17 08:06 2017 Print This Article

Salvador Espriu decía que el alma catalana es una mesa con cuatro patas: sobriedad, seny, austeridad y trabajo. Los estelados se han olvidado de Espriu y practican lo que decía Josep Pla, lo que destaca del carácter catalán es la terquedad.

ERC ha moderado su discurso viendo en el retrovisor que su secretario general está con grilletes, pero Puigdi, alias Peter Pan, desconoce que está muerto, actúa como un adolescente permanente, y nadie de los que le siguen se atreve a gritar que ¡el rey está desnudo! (perdón: el President de la República).

Desde que el hijo de Amer está en la antigua colonia española de Flandes, su patología va in crescendo: el síndrome de Dunning Kruger.

El afectado está convencido que su inteligencia es superior al resto de los mortales, y eso le hace especialmente peligroso para ellos. No se atreven a decir que va directamente a darse otro leñazo descomunal.

Le dan alas las encuestas que dicen que se está recortando la distancia con el preso de Estremera. Va a rebufo con la esperanza de pasarle en la pista recta de la última semana del Circuit de Catalunya de este extraño jueves, víspera del Gordo.

Josep Rull y Jordi Turull, teloneros vallesanos del huido, repiten lo que el líder dice por plasma, que su intención es restituir el Govern legítimo presidido por él. Que ninguna Ley puede parar tanta Democracia. Parole, parole, parole… Puigi es más italiano de lo que cree. Vive instalado en una realidad paralela y ficticia. La realidad de sus sueños.

En la demencia donde está instalado, alimentado por la pus de su herida, con la Santa Compaña de sus cuatro consellers legítimos auto exiliados, no descarto un golpe final de efecto, y que vuelva a su Girona disfrazado de lagarterana para intentar dar el mitin final retransmitido en directo por TV3. Si eso ocurriera no lo detendrían los picoletos sino los Mossos. El PP sangra, pero Rajoy no ha perdido la cabeza.

Los indepes necesitan una ducha de realidad, y leer a Josep Pla. Han perdido el tradicional carácter catalán que sí conservan los constitucionalistas: sobriedad, seny, austeridad y trabajo, pero lo que no han perdido es un ápice de esa terquedad que hace cien años escribía el ampurdanés de vuelta de todo.

Roberto Giménez

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