Amores que matan

julio 30 12:08 2017 Print This Article

Ya lo saben: esta semana se ha conmemorado el veinticinco aniversario de la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 conviene recordar a los desmemoriados de más de cuarenta años, y a los menores que lo ignoran, como se fraguó ese evento que transformó la ciudad.

Lo bueno de tener un edad y mantener la memoria en ejercicio es que nadie me puede vender gato por liebre. Y en estos días se vende mucho gato. Hay amores que matan.

Jordi Pujol y a los nacionalistas no les hizo ni puñetera gracia la elección de BCN; y a ERC, tampoco. Cada uno tenía sus motivos pero convergían en el NO, pero era un ‘no’ en minúscula, disimulado, en voz baja, porque el ambiente ciudadano no iba a comulgar con sus ruedas de molino. Hay amores que matan.

El primer temor de Pujol era que esa elección iba a proyectar al alcalde Pasqual Maragall que podría encumbrarle a cruzar la plaza de Sant Jaume, y convertirse en Molt Honorable. Jordi Pujol tenía razón: en las autonómicas de 1999 Maragall se presentó como candidato socialista a la Generalitat y sacó más votos que Pujol, pero la ley electoral catalana exige la aprobación mínima del 75% de escaños del Parlament a favor de una nueva ley que vaya en la dirección de que una persona, un voto.

Como esa ley, de competencia catalana, no se modificó (no tiene el mismo valor un voto en la provincia de Girona que en la de Barcelona), permitió a Pujol conservar el poder.

Ahora los hijos putativos de Pujol han aprobado la desconexión Express con un voto más sea cual sea la participación, y tienen la jeta de decir que es la regla básica de la Democracia. Se le ve el plumero como a las vedettes del Molino. Hay amores que matan.

A los separatas de ERC les importaba un rábano si era Maragall el nuevo presidente o continuaba Pujol. Es más, en 2003 dieron el voto al socialista. No querían los Juegos porque la proyección mundial de Barcelona no sería Catalunya sino España. Hay amores que matan.

Jordi Pujol también lo sabía, y no se equivocaban porque igual que los Juegos Olímpicos de los Ángeles de 1984 no fueron los Juegos del Estado de California sino de EEUU, aunque los Ángeles sea la capital más rica de su Estado. No fueron los Juegos Olímpicos de California. Hay amores que matan

Los indepes lo tenían claro pero oponerse a las Olimpiadas era un suicidio político y así que su oposición fue subrepticia: críticas aceradas al diseñador valenciano Javier Mariscal, que tuvo que pedir perdón a Jordi Pujol, y al mal gusto de su mascota Cobi. La pitada a los reyes en la inauguración con lluvia plomiza en el Estadi de Montjüic organizada por el convicto Oriol Pujol y el actual jefe de los Mossos d’Esquadra Joaquim Forn. Hay amores que matan.

En político todos se puede disimular. De hecho, la política es el arte del disimulo: durante años Catalunya entera creyó que fue Antonio Rebollo el arquero paraolímpico que con su flecha encendió el pebetero, y sólo fue un truco para darle emoción a la inauguración. Rebollo podía haber matado a alguien pero no por amor, sino por falta de puntería.

El madrileño fue la estrella de una noche inolvidable no sólo para Barcelona y Catalunya sino para toda España que hizo sentimentalmente suya los Juegos de Barcelona 92.

Roberto Giménez

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