La noche que renuncié a un Renuncio

Octubre 16 08:54 2016 Print This Article

roberto2Esta Carta del Domingo es la continuación del Jaque Mate a la prensa de papel del domingo anterior, y el próximo será el último de esta trilogía sobre la cena de Homenaje que organizaron mis amigos de Granollers en octubre de 2013. Lo cuento para que entiendan mi forma de dirigir la revista El Vallés durante casi treinta años.

El 28 de agosto de ese año se presentó en una Sala Tarafa de Granollers repleta de amigos y lectores la aventura periodística en la que nos embarcamos como unos navegantes locos sin tener en cuenta el temporal porque si un 12 de octubre llegaron las carabelas de Colón al Nuevo Mundo por serendipia (descubrir un tesoro b cuando se estaba buscando otra cosa: llegar a las Indias Orientales), Colón pudo llegar porque tenía a su favor los vientos elíseos de las Canarias que siempre soplan a popa, nosotros quisimos surcar el Océano de la prensa de papel con el viento en la proa, y las velas sólo aguantaron dieciocho jornadas (números) hasta quedarnos exhaustos, sin agua ni víveres…

En ese acto de presentación mis amigos quisieron darme una sorpresa. Yo estaba en la presidencia y a un lado del escenario en una gran pantalla anunció que el 4 de octubre se me iba a hacer una Cena de Homenaje por haber sido director del decano semanario catalán del siglo XX.
La Sala Tarafa se puso en pie, aplaudiéndome, incluidas las autoridades, dos alcaldes y el President del Consell Comarcal. Repito, el primer sorprendió fui yo…

Durante siete días estuve cavilando si debía aceptar o no el honor que se me quería hacer y decidí que no quería el Homenaje. Escribí una carta a los promotores, titulada RENUNCIO, en las que explicaba las razones de mi decisión. Daba tres: que esos homenajes me suenan a cuando uno se retira o peor aún a Necrológica, y con 55 años no quería, ni quiero, ninguna. Que era cierto que no se me había hecho ningún Homenaje en la Revista que había dejado, pero que ahora todos los esfuerzos debíamos emplearlos en la nueva aventura de EL VALLES DEL SIGLO XXI que fletaba sin empleados sino por unos románticos periodistas que habíamos hecho un pacto como el de los mosqueteros, y el tercero que un Homenaje a mi persona tenía que contar necesariamente con mi familia de Lleida, y ese fin de semana no podía ser.

Cuando los organizadores recibieron mi RENUNCIA fui bombardeado por tierra, mar y aire para que reconsiderada mi postura. Pero yo, erre que erre que erre, no di mi brazo a torcer. Jordi Abayà, el director de EL VALLES DEL SIGLO XXI, y de esta revista digital envió un correo a la organización diciendo que era en vano intentar que cambiara de opinión porque como ha trabajado conmigo veinticinco años sabe que cuando tomo una decisión, y la envió por escrito y firmada, no hay tu tía.

Sin embargo, rectifiqué y el Homenaje se produjo. La rectificación llegó también por escrito y firmada, contradiciendo a lo que creía el director. Pero les dije que las razones por las que rectificaba las haría saber la misma noche de la cena de gala. Que donde las dan las toman, haciendo referencia a que yo me había enterado en directo en un acto sorpresa.

¿Por qué cambie de opinión? Lo expliqué a los ciento sesenta comensales que llenaban la sala del comedor del Hotel Ciutat de Granollers, pidiendo que un hombre se pusiera en pie: José Mas Ulied.

El viejo profesor llevaba más de cuarenta años haciendo la crónica negra. Era y es una persona leal y que cuando da la palabra con él te puedes ir a la guerra con los ojos cerrados, porque tienes las espaldas bien cubiertas. Pues fue José Mas quien me llegó al corazón con su carta para que repensara mi Renuncio. Me dijo que a su mujer le hacía mucha ilusión el Homenaje y aunque ella nunca salía de casa (padece una enfermedad crónica desde los treinta años), iba a hacer una excepción y esa noche iba a salir.

Esa carta me hizo cambiar de opinión. No podía defraudar a una persona leal que nunca me había fallado. Era mi forma de dirigir los equipo: exigir pero dando el doble de quién más daba. A Mas nunca le he tenido que exigir porque siempre lo ha dado todo.

Su esposa es, como expliqué el pasado domingo, la que me regalo una rosa del desierto en precioso estuche en rayas rojinegras que tengo en mi despacho con esta frase que había escrito en mi despedida: “la vida me ha enseñado que de los percances y las caídas, por duras que sean, aparecen inesperadas rosas. Se lo leí una vez a un poeta: el desierto tiene rosas, también”.

PD Este escrito se lo dedico a todas las Teresas que ayer sábado celebraron su santo.

Roberto Giménez

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