Autoestima, conviviendo conmigo mismo

abril 21 08:36 2016 Print This Article
Lucia Rodríguez

Lucia Rodríguez

¿Te ha gustado?,¿lo estaré haciendo bien?,¿qué pensarían los demás si supieran como soy?,¿se enfadará conmigo si le digo que no? Son tipos de preguntas que una persona con una autoestima no muy firme y segura se formula frecuentemente –siendo o no consciente-.

Para comprender la autoestima, primero conozcamos el AUTOCONCEPTO. El autoconcepto es la teoría subjetiva que el individuo construye sobre quién es, qué rasgos posee a nivel fisico, psicológico, social, etc, a partir de los pensamientos, sentimientos, experiencias, etc, recopiladas a lo largo de la vida. Y autoestima es la valoración que hacemos positiva o negativa de esos rasgos que nos adscribimos en el autoconcepto.

La valoración (autoestima) que hacemos de nuestros rasgos (autoconcepto) conlleva consecuencias emocionales y comportamentales. Así pues, si uno/a se siente incompetente en un área determinada generará sentimientos negativos de incapacidad que pueden conducir a la inacción, propia de la depresión. Si mejoramos la imagen que nos representamos de nosotros mismos (autoconcepto) mejorará la autoestima, y viceversa.

Los factores de construcción del autoconcepto son cognitivos y sociales. Los cognitivos afectan a la teoría que construimos de nosotros mismos. Los sociales son los juicios que nos hacen los demás –cánones o normas con los que nos comparamos– (el juicio de los adultos en la infancia, después el de los iguales, y luego progresivamente el de las normas que circulan en la sociedad: delgadez, etc). Es muy importante el tipo de relaciones sociales que uno mantiene. Si una persona está expuesta a un clima donde continuamente es infravalorada, al final los contenidos de su autoconcepto -de su teoría sobre sí mismo- son bastante negativos.

La autoestima se puede aprender, ya sea en la infancia o en la edad adulta. Este aprendizaje parte del autoconocimiento: conocer las propias virtudes, las cosas que nos gustan, las debilidades temperamentales o de carácter (dónde se es vulnerable), etc.

Después necesitamos la autoaceptación: a medida que vamos conociéndonos a partir de la observación debemos aceptar “lo que encontremos”, sea virtuoso o no. Si nos exigimos la perfección (¡todos tenemos tachas y debilidades!) y nos rechazamos o culpabilizamos por nuestras “partes más oscuras” estaremos peleando con nosotros mismos. No podemos controlar todo lo que nos sucede (interior y exteriormente) pero sí podemos decidir cómo actuar frente a ello: reconociéndolo, aceptándolo, comprendiéndolo y finalmente, transmutándolo (regulando una emoción por ejemplo, si sentimos celos aplicar el antídoto: alegrarse por lo que posee el otro). La aceptación es el primer paso para más adelante ir transformando carencias en virtudes.

Para empezar podemos actuar como lo haría nuestro mejor amigo con nosotros. Por ejemplo, podemos autorreforzarnos, nos podemos decir algo positivo, estimulante, que nos ayude a no desfallecer, a superar los obstáculos.

En definitiva, la autoestima requiere esfuerzo. La tendencia a devaluarnos y juzgarnos es la opción más tentadora pero se puede contrarrestar con la comprensión y aceptación de nosotros mismos.

Lucía Rodríguez

Psicóloga

 www.psitamvalles.com

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