Los kioscos cierran las persianas

abril 16 08:37 2016 Print This Article


Roberto Giménez

Roberto Giménez

Los que hemos vivido el mundo del periodismo sabemos cosas que los lectores desconocen, y es normal que así sea porque cada profesional conoce los entresijos de su sector.

En Cataluña desde hace más de treinta años (1985) las administraciones públicas sólo subvencionan a los medios de comunicación que editen en lengua catalana el 100% de sus contenidos.

Un medio catalán editado en castellano o bilingüe si existe tiene que ser por los ingresos que genera o porque detrás tiene un grupo empresarial interesado, paradójicamente, en perder dinero, para tener influencias extra políticas. Vamos, económicas. Pero no tiene ayudas públicas. Tampoco puede recibirlas del Ministerio de Cultura porque eso sería invadir competencias autonómicas.

Hablando en plata: la prensa en castellano subsiste en Cataluña porque genera beneficios, o tiene otros intereses, la prensa en catalán porque está subvencionada, o también tiene otros intereses… Pero el quid está en la subvención. Se ha convertido en una industria financiada por todos los contribuyentes.

Lo conozco de cerca porque durante casi 30 años fui director de Revista del Vallés que no recibía subvenciones. O para ser más exacto, dejó de recibirla en 1985. Hasta esta fecha la Revista recibía cada año una subvención de 500.000 pesetas (tres mil euros). Pero en 1985 recibimos una resolución de la Conselleria de Cultura que para tener derecho a esa subvención la condición era que el 100% de los textos tenían que publicarse en catalán. O todo o nada.

En esa época la Revista publicaba una cuarta parte de sus contenidos en la lengua de Pompeu Fabra. Mi política lingüística era la de dar libertad a los periodistas y colaboradores para que escribieran en la lengua que quisieran, o supieran. Hace 30 años pocos sabían escribir correctamente el catalán.

El Ayuntamiento de Granollers se ofreció generosamente a traducir los escritos, pero esa práctica entorpecía el propio ejercicio del periodismo que exige inmediatez. Además, era inaceptable que el poder local supervisara previamente lo que íbamos a contar de él. Pasar a estar supeditados al funcionario público, o al político local, era incompatible con la praxis del periodismo independiente que practicabamos.

Buena parte de la prensa comarcal catalana aceptó ese trámite por convencimiento patriótico o por interés económico.

Cada empresa es un mundo.

Toda la prensa comarcal catalana optó, voluntaria o forzosamente, por ‘normalizarse’. Esa fue la palabra de la terminología relamida de la ‘corrección política’. Vamos, que escribir en la lengua materna del 60% de los catalanes era una ‘anormalidad’.

La Associació Catalana de Premsa Comarcal (ACPC) debatió si teníamos derecho a pertenecer a la Asociación, y lo aprobaron. Éramos una rara avis, pero lo hicieron porque el número de lectores incrementaba notablemente su audiencia general y, además, éramos el tercer semanario más antiguo de Cataluña, el primero del siglo XX.

Jordi Pujol me entregó en mano en un acto público en la Sala Sant Jordi de la Generalitat el galardón como una cabecera histórica de Cataluña.

Yo defendí ante el Consejo de Administración de la Revista que no podíamos pasar por el aro, que teníamos que continuar siendo bilingües aunque perdiéramos la ayuda oficial, y no tuve que argumentarlo porque el Consejo pensaba lo mismo. Tampoco necesitábamos ese dinero para sobrevivir. Y fue a partir de entonces cuando Revista del Vallés se convirtió en el semanario comarcal más leído en Cataluña…

Años después la Diputación de BCN hizo un estudio de los hábitos de lectores vallesanos y le salió que el 49,20% de los vecinos de Granollers decían estar informados de la comarca a través de la Revista, pese a que había una televisión y radio municipal, una revista mensual que se repartía en todas las casas; y la competencia directa de El 9 Nou que en Granollers vendía una cuarta parte, y otros dos semanarios gratuitos…

En el 2009 el Barómetro de la Comunicación, un organismo semi público de la Generalitat, decía que teníamos 72.000 lectores en una comarca de casi 400.000 habitantes. No existía en toda Catalunya (ni en toda España) un semanario local con tantos lectores…

Lanzo una piedra sobre mi tejado: no éramos los más leídos porque fuéramos los mejores, no soy tan presuntuoso, sino entre otras cosas porque en Cataluña éramos la única prensa comarcal bilingüe. Los periodistas tenían libertad de escribir como quisieran. Mi política lingüística no era patriótica

Desgraciadamente, en junio de 2013 la Revista se la llevó la crisis, seis meses después de que la dejara… Pero no desapareció por eso, sino porque la prensa libre (no subvencionada) de papel está condenada.

Hasta los kioscos cierran la persiana.

 

Roberto Giménez

 

 

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