Duelo de esgrima

abril 03 06:14 2016 Print This Article
Roberto Giménez

Roberto Giménez

Una lectora de mi circulo familiar me dice que al leerme tiene la sensación de que estoy en posesión de la Verdad, no es verdad. Valga la redundancia.

En la política no existen verdades absolutas. Si Dios existe o no es una cuestión personal. Si uno se siente sólo catalán, sólo español, ambas cosas o su patria es el mundo, es un asunto personal, o sentimental, pero no una verdad política. A diferencia de la vida en que sí existen verdades absolutas. Pocas, tal vez sólo una: trata a los demás como quisieras que te trataran a ti. Es ley universal de la ética. Sirve para todas las culturas.

La política y la verdad son valores diferentes. La política es una perspectiva que se tiene de la realidad. No se puede ser buen político y, a la vez, mala persona. Hay que afrontar la vida con honestidad y honradez, conceptos que se confunden en la mente pese a que son desemejantes. Dicho en plan coloquial: la honradez es la virtud de la cintura para arriba, la honestidad de cintura hacía abajo.

Lo que no existen son verdades políticas ya que esas verdades son personales. Lo leí siendo un jovencito a Ortega y Gasset y veinte años después, leyendo a Kant, descubrí que esa percepción orteguiana no era suya sino del filósofo alemán. No es que el español le copiara, como tampoco copio a Ortega. Digo lo que veo desde mi perspectiva. El pensamiento es como un rio en el que el hoy, el presente, siempre es el estuario, la desembocadura y, por lo tanto, donde el agua y la ribera es más rica. Tienen más vida.

Todos somos hijos de lo que hemos vivido… y leído. Conforme más vida y lecturas tengas, más razones tendrás. Sé mucho más que cuando tenía 20 años, pero ese mayor conocimiento no me acerca a la verdad, salvo para decir menos tonterías. Hay una frase de Faustino Sarmiento, el presidente más culto que ha tenido Argentina en sus 200 años de independencia, que es exacta: la ignorancia es muy atrevida.

Me disgusta que me digan que parece que esté en posesión de la Verdad, porque hay tantas verdades como miradas. Lo que sí hago es razonar lo que pienso. Y mi principal fuente es la Historia.

Herodoto, el padre de esta ciencia del pasado, decía que lo importante es que los príncipes aprendieran de ella aunque sólo fuera para no repetir los errores de los reyes. Quien sólo rebate con ocurrencias más o menos ingeniosas, carece de razones.

Empero, rechazo ese comentario de que escribo como si fuera dueño de la Verdad. Como dice el refrán: obras son amores y no buenas razones: en mi última etapa como director de Revista del Vallés creé una sección que despertó el interés de los lectores vallesanos y si ustedes quieren pueden corroborarlo haciendo un simple clic (Duelo de Esgrima).

Fue un duelo periodístico que mantuve con la mejor espada literaria del Vallés, el columnista Santi Montagud (Nunca se lo he dicho, pero siempre me ha recordado a la actitud vital del antiguo hippy el ex fumado Antonio Escohotado). Un excelente poeta, y vitriólico observador de la actualidad. Un Lletraferit. Él era, y es, un separata algo iconoclasta, yo saben que no lo soy… El debate en el ágora iba de eso.

Que el director mantuviera un duelo epistolar con su mejor columnista extrañaría al canadiense Marshall Mcluhan, teórico de los medios de comunicación social. Era algo inédito en prensa, no he visto nada igual, y por supuesto rompía los esquemas tradicionales del periodismo, que el mismo medio publicara dos mensajes contrapuestos entre el columnista estrella y su director. Esa atrevida iniciativa demostró que yo tenía mis razones (la verdad ya he dicho que no existe), y que me atrevía a defenderla contra la mejor espada que tenía a mano…

Si lo leen me entenderán, y estoy convencido que lo van a disfrutar. Es una parte del capítulo XVI de mis Memorias de Director con el que he enganchado a más lectoras que lectores. Eso es lo que me dicen…

 

Roberto Giménez

 

 

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