El país de nunca jamás

enero 17 06:16 2016 Print This Article
Roberto Giménez

Roberto Giménez

Se ha armado en la República independiente de su casa del Palau de Sant Jordi un poco de jaleo cuando el rey no ha querido hacer el paripé de chambelán, y le envió un Emilio a la Forcadell diciéndole a la presidenta del Ikea de la Ciutadella que se ahorrara el viaje a Madrid. Que a efectos legales el protocolo se cumplía con sendos correos de ida y vuelta.

Esta afrenta a Cataluña ha sido verbalizada por el paisano Jordi Turull, diciendo con esa retórica huera que era un ataque real a la dignidad de nosotros los catalanes. Y claro, los indignados profesionales del pesebre han actuado en coro. No sólo ellos sino también algunos despistados que no están en la corte de Sisi. Sin ir más lejos, en mi propia casa hay opiniones opuestas, aunque sí hay un denominador común: nadie es de la sociedad coral de Sisi.

Estoy de acuerdo con la decisión del rey, la haya tomado él o su conserje. Defiendo su resolución porque yo hubiera hecho lo mismo. No me va el paripé.

Entiendo a quienes desde la defensa de España, de buena fe, interpretan que el Jefe de Estado debe ser neutral. Pero no puede serlo y, por lo tanto, tienen que mantenerse firme en lo que él encarna. No me importa como rey sino como Jefe del Estado.
Estoy convencido que una inmensa mayoría de españoles creen que no hay que tener complacencia cuando está en juego lo esencial.
España no es una Constitución. Los españoles que tienen conciencia de serlo (también son españoles quienes no tienen esa conciencia), llevan a España en el corazón, y Cataluña sólo es el nordeste de ese órgano vital que palpita sin interrupción hasta el último segundo de vida.

Quienes con buena fe critican el gesto de Felipe no se han dado cuenta del cambio de registro: el órdago separata ha entrado en otro capítulo. Ha pasado de la política versallesca a la florentina. Para quien no distinga ese cambio: la política versallesca es igual de cínica que la florentina, pero la primera es afectadamente cortés, mientras que la segunda tiene una dosis de crueldad propia de la familia Médici…
No es el hispano Duelo a garrotazos de la serie de pintura negra de Goya, pero sí de navajeo a la vuelta de la esquina en una calle luz de gas.

No vamos a obedecer, pero no es desobediencia; cumpliremos los principios democráticos, pero no la Constitución; y toda esa ralea de frases hechas que sacaron de la chistera cuando hablando del cuento del Derecho a Decidir pensaban sólo en la Independencia…

Hay que reconocer que los pastores separatas son unos reyes de la puesta de escena. El ex Mas era insuperable. El espectáculo del teatro de hipnosis que montó el 27S sugestionó a casi el 48% de los espectadores participantes. Fue un éxito pero pírrico porque le ha costado el cargo.

Como no puedo creer que estos magos de las palabras se crean las mentiras que nos cuentan; que con la independencia no sólo seremos más felices sino que nadaremos en la abundancia (valga este ejemplo, que aún repitió Puigdemont en la entrevista de la Terribas en TV3: si fuera cierto que el déficit anual fuera de 16.000 millones de euros, la renta per cápita catalana sería cuatro veces la de Alemania…).

Como a parte de las manos largas lo que más me enerva (que me perdone el profesor Fernando Lázaro Carreter –q.e.p.d- porque decía que enervar no es cabrear sino debilitar), de los políticos es el cinismo, cuando oigo estos camelos me viene a la cabeza la imagen del francés del siglo de las Luces Jean-Jacques Rousseau que tenía tal capacidad de persuasión que convencía a sus lectores de la defensa de los derechos de la infancia; mientras él, un auténtico cabronazo, abandonaba en un orfanato a sus cinco hijos ilegítimos…

Así era Rousseau, y así veo a los mandamases rufianes de Neverland, el País de Nunca Jamás de Peter Pan…

Roberto Giménez

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